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Los campos de girasoles de Carmona

Extendiéndose hasta donde alcanza la vista, dorados campos se extienden y ondean sobre el horizonte. Si esperas un momento, la brisa levanta y agita los girasoles lejanos, arrugándolos hasta convertirlos en un espejismo. Pero acércate y el polvo rodará bajo tus pies en la tierra árida. Puedes pararte entre estos gigantes: los girasoles te llegan a los hombros, sus anchas caras buscando el sol y siguiendo su rastro por el cielo. Es este gesto de amor lo que ha hecho que la flor se convierta en símbolo de fidelidad en diversas culturas. Originarios de América del Norte, los conquistadores españoles introdujeron por primera vez los girasoles en Europa en el siglo XVI. Y a las afueras de Sevilla, la ciudad sureña de Carmona está rodeada de hectáreas y hectáreas de su oro.